Sala de arte Agüimes | Francisco Suárez Díaz – Francisco Pérez Betancor
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Iluminación y oscuridad, positivo y negativo herencia y huellas, descontextualización y concreción …

Nuestra vidas están marcadas por nuestra herencia cultural, nuestros valores humanos , nuestra percepción de lo que vemos y sentimos, y a veces  la realidad que nos rodea, no tiene nada que ver con lo que sentimos a pesar de nuestra herencia.

Un día nos encontramos con nosotros mismo y al día siguiente estamos perdidos. Una lucha constante entre nuestra oscuridad y nuestra iluminación. Los colores negros, grises y blancos forman la piel, la coraza o armadura con la cual andamos y nos presentamos al mundo.  Y el oro es la pureza, la esencia hermosa y creativa que late dentro de cada uno de nosotros. Y nos da la esperanza de seguir andando y de soportarnos a nosotros mismos. No siempre utilizo el color amarillo ( oro ) para reflejar nuestra pureza tal como veis en otras obras.

 

No reparo en las formas o temas que utilizo, ya sean figuras humanas, o formas humanoides retorcidas o iconos de nuestra herencia cultural ya sea pictórico o escultórico. Intento darles un nuevo sentido desde mi visión de la vida y el arte,  siempre con el máximo respeto.

 

Francisco Pérez Betancor.

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El arte contemporáneo de Canarias ha fundamentado una parte esencial de su diálogo sobre la relación entre el pasado remoto y las épocas del presente, entre los signos materiales de una cultura ancestral y su impacto en la búsqueda identitaria, tanto individual como colectiva. Las Vanguardias Clásicas de Pre-Guerra se esforzaron en proyectar una visión renovada del pueblo y de la geografía local que se oponía al pintoresquismo realista del diecinueve, y para ello su mirada se centró hacia el paisaje agreste del sureste, la flora semi-desértica y los tipos étnicos del Sur. Óscar Domínguez fijaría una de las imágenes “arqueológicas” más importantes de la modernidad en su Cueva de Guanches, y elevaría los paisajes lávicos y geológicos a nuevos avatares. Dos décadas después, mientras los jóvenes creadores canarios retomaban el contacto con estas ideas que habían puesto a Canarias en el mapa de la plástica y la escultura durante 1920 y 1930, el imaginario pre-hispano con sus alfabetos de formas y signos, cobraría especial relevancia. En el Museo Canario Manolo Millares estudiaría las pintaderas de los antiguos pobladores, que incorporaría a sus bellas expansiones líricas de las Pictografías, y Martín Chirino, visitaría el barranco de Balos para hacer suya esa espiral grabada en los cantos, que le conduciría hacia la fama y el reconocimiento internacional.
Los impulsos de la innovación, los nuevos automatismos y el informalismo, encontraban en los grabados rupestres de las islas y las pintaderas de Gran Canaria un pensamiento abstracto y simbólico que autentificaba la búsqueda del yo más profundo.
La reciente escultura de Paco Suárez nos obliga, una vez más, a contemplar el insoslayable arcaísmo de las huellas humanas en Gran Canaria y a conjugarlas en otra nueva etapa de la modernidad artística. Su escultura surge a partir de una dinamización espacial del signo plano, una libre adaptación e interpretación de figuras antropomórficas y motivos simbólicos cuyo último sentido jamás podremos descifrar. Es esta plasticidad que emanan los grabados de Balos que le inspiran a crear toda una serie de esculturas en tres y dos dimensiones, tallas en madera de carácter expresionista, relieves recortados en madera, y paisajes a partir de los huecos creados, una esculturaque abarca el impulso sagrado del imaginario primitivista y acaba en la descripción de la geografía real de la isla.

Las tallas escultóricas alternan volúmenes bruñidos y lisos con zonas rugosas de surcos, que evidencian el gusto (o la necesidad) del artista por la textura de la gubia, la marca que autentifica la talla y su esencial manualidad. Algunos de estos seres antropomórficos se alzan como entes protectores, signos y afirmación del hombre en su territorio, o jeroglíficos de un origen mítico y pre-humano. Las figuras fundidas en bronce, sin embargo, sugieren una filiación más concreta con los ídolos del neolítico, por sus líneas y masas equilibradas, y su corporeidad más armoniosa. Destaco especialmente, su criatura tótem y fálica que abre las piernas y las manos, anclada a la tierra por un gran tercer pie fálico. Al ver esta pieza confrontamos la intemporalidad de un signo, el arcaísmo del mito que subyace aún en la parte más remota de nuestro cerebro límbico, y que el hombre contemporáneo aún lleva inscrita en el código de su identidad (sea o no consciente de ello). El arte, en el fondo muy similar al psicoanálisis, es uno de los pocos vehículos que expresan las zonas desconocidas de la mente. Otros seres-signo surgen asentados sobre eses gigantes, o serpientes generadoras, en una cópula misteriosa de fuerzas.
De esta exposición preliminar y más tradicional, Paco Suárez nos lleva a sus seres bidimensionales, recortados en planchas de DM o contrachapado, que tendrán un valor axiomático. Representan la forma deseada y trazada, y el hueco “a fecundar” que el artista transformará en ventana al paisaje, la geografía dentro del hombre o del ser primigenio (el hermafrodita de Platón). La imagen es por tanto, de modo elíptico, el origen del paisaje, y de toda visión externa (otra función del cerebro puesto que lo que vemos radica en los procesos electro-químicos de nuestra mente).
Los antropomorfos en dos-Dse transforman a su vez en esculturas-pinturas, ya que sus cantos se remarcan en tonos primarios y sus superficies se hacen soporte de visiones abstractas y orgánicas. Algunos de estas criaturas policromadas parecen ofrecernos el envés abstracto de mapas, de células y tejidos bajo el microscopio, incluso de erupciones volcánicas, micro cuadros herméticos que nos devuelven al origen generador del cuerpo. Esa pintura epidérmica y simbólica es quizás la antesala del tercer estado de esta nueva etapa de Paco Suárez, las siluetas escultóricas en cuyo interior nacerán y habitarán paisajes.
El propio autor reconoce aquí su gusto por ese fantástico truco óptico del genial René Magritte, el paisaje dentro de la oquedad, la ventana al mundo practicada en la materia obtusa de la roca, la madera y el cuerpo. Suárez entronca así, aunque sea solo tangencialmente, con otra de las dinámicas transgeneracionales de la modernidad artística, el surrealismo. Debemos tener presente que en ningún momento desea inscribirse en esta corriente, más bien remeda uno de sus procedimientos.

Los cuerpos silueta nos abren la vista, proporcionan el marco orgánico, a playas sembradas de sombrillas, a jardines privados, a la flora local, a campos de amapolas de las medianías altas, a plataneras. Los marcos se convierten a la vez en esquemas activos de color, en perímetros que activan e interactúan con el icono escondido, en una nueva desmaterialización surrealizante del encuadre formal. Desde la serena Agüimes, con sus extensiones solitarias y abiertas, con su metafísico silencio, Paco Suárez signa una galería tridimensional y polimórfica de símbolos y sentidos que siguen nutriendo la vitalidad de un diálogo cultural que solo unos cuantos desgraciadamente apreciarán en todas sus acepciones. No solo se trata de asimilar un puñado de datos sobre nuestra antigüedad remota, sino de saber que ésta aún nos conformay que penetra el tiempo trascendiéndolo.

Jonathan Allen